¿Cuál es el cemento, la argamasa, la sustancia que aglutina o el aire que respira una unidad u organización política, sea ésta una polis, un Imperio, un Estado o cualesquiera otras de las que hayan podido darse en la Historia?. ¿Cuáles son sus ingredientes?. Y en concreto, ¿cuáles los que pueden unir a la Unión Europea?.
Podríamos responder, como nos señala Leonardo Morlino en Cómo cambian los regímenes políticos, que la estabilidad y viabilidad de éstos viene determinada por la legitimidad, la eficacia y la movilización. Podríamos volver a las páginas que Pascal Lamy dedica en La démocratie-monde a la construcción europea, y señalar con él que ésta necesita de legitimidad, eficacia y un espacio público común.
Legitimidad, eficacia, movilización: ingredientes que hacen posible que exista y funcione todo sistema político, que determinan su transformación o evolución: de ellas habrá que hablar en otras entradas de este blog. Y un espacio público común, entre cuyas fronteras habita el nosotros político que camina o hace la Historia. Pues ha sido ésta hasta ahora en general la de un nosotros frente o contra los otros, la de su construcción y acción. Y para que haya nosotros tiene que haber frontera, imaginaria o real, línea o límite a partir del cual habita el otro, comienza su territorio; o simplemente lo desconocido o ignoto, el “non plus ultra” de los romanos en el cabo de Finisterre. Frontera, a menudo, entre civilización y barbarie, que la misión civilizatoria como argumento de la Historia llama a civilizar. Frontera, a veces, entre civilizaciones o culturas, con otros dioses, otras creencias o ideas, otros mitos y relato cosmogónico, otro imaginario colectivo. Otro pueblo y otra organización política, otro nosotros con el que hay que relacionarse, convivir o confrontarse.
Frontera que supone que fuera hay un mundo que no es tan nuestro como el de dentro, un estado de naturaleza en que ya no son válidas las normas de nuestro contrato social, en que somos extranjeros y extraños; y ya no es normal lo normal, ni cierto lo cierto. Y que supone que dentro hay un espacio común, compartido, único.
Un espacio físico, que podemos recorrer libremente, donde nos podemos hace entender y entendemos a las gentes que a nuestro paso encontramos. Un espacio jurídico, donde es la misma la ley; y es ley, y ejerce el poder el monopolio de la fuerza si no se cumple y para que se cumpla; y hay fuerza y monopolio de la fuerza y orden público y protección de nuestras personas y bienes si las leyes cumplimos. Un espacio político, conformado por las personas y el territorio frente a los que se extiende el poder del poder, la comunidad política en la que éste se origina y a la que se dirige. Habitado, cuando es democracia, por ciudadanos que eligen en común una autoridad común. Un espacio en que nos sentimos en casa; que es, de alguna manera, nuestra casa ampliada. Que es nuestro; pues en él somos y podemos ser nosotros. Es el de las sociedades humanas un nosotros que comparte un espacio.
Pero también un espacio imaginario, que en cierto modo se reproduce doquiera que estemos quienes de él venimos, a él pertenezcamos, nos encontremos. Pues en el otro lo vemos, lo sentimos. En las palabras, los referentes, las historias, los mitos, las experiencias comunes. Es por ello también un espacio interior, que nos habita por dentro, que en nosotros habita, de nosotros necesita para ser, como nosotros de él. Y un espacio ideal, una idea del espacio; y del mundo, de su centro y periferia, nuestra posición en él, una mirada del mapa y un mapa. Y el espacio de un idea, unas ideas y creencias, unos universales, cerrados o abiertos, compartidos; con vocación, al menos, de llegar a serlo.
Y es por ello un espacio común de debate, y el espacio sobre y para el que en común debatimos. Donde nos importa lo que pasa y nos importa que pase; pues lo que pase nos pasa. Donde somos polis y queremos que se haga y hacer política, políticas públicas. Donde es la política interior, o simplemente política. O el espacio común que en común tiene una política exterior para el espacio exterior.
De debate; y de opinión pública, para la opinión pública. Pues en la era de los medios de comunicación de masas, en la aldea global de la sociedad de la información, no sólo se expresa en una democracia la voluntad general de los ciudadanos a través de las elecciones y los partidos políticos y las estructuras de intermediación; sino también a través de la opinión pública. Una opinión pública común para un espacio común, que se pronuncia sobre una agenda, políticas y problemas comunes. Con instrumentos e instituciones de medición comunes. Se realizan en un espacio público común encuestas de opinión comunes, comúnmente conocidas.
Y por ello, en fin, un espacio de comunicación, un espacio informativo; el espacio común en el que informan y sobre el que informan los medios de comunicación comunes.
¿De qué se debate, de qué se opina, sobre qué se informa en Europa?. ¿De qué está lleno el espacio público europeo?. ¿De qué Europa está llena el espacio público?.
Encendamos la televisión, abramos el periódico, consultemos las encuestas del CIS, o las que publica cualquier diario los domingos, asistamos en los parlamentos a los debates de política general. Veremos a España – o a Francia, Alemania o cualquier otro Estado miembro – en Europa; veremos debatir, opinar e informar sobre nuestros objetivos o papel en ella, lo que hacemos, somos u obtenemos de Europa; sobre lo que otros hacen, quieren u obtienen de ella; sobre quién gana o pierde en Europa, o qué queremos de ella y en ella. Veremos también a Europa en nosotros, justificación o causa de lo que hacemos o tenemos que hacer, de las decisiones políticas en el Estado y de las políticas públicas del Estado.
No veremos, sin embargo, debatir, opinar, informar a los europeos sobre Europa. Debatir, opinar, informar, en definitiva, en europeo. Una visión europea – y no española, alemana, francesa u holandesa – de Europa.
Bien es cierto que si apretamos el zoom no dejaremos de ver algunas excepciones, semillas o embriones del espacio público que podría ser. Como, en el ámbito de la producción de ideas y propuestas, la emergencia de un think tank como el European Council for Foreign Relations, que inter o paneuropeamente desde sus diferentes sedes intenta ver y pensar Europa desde Europa. O como el Eurobarómetro o Euronews. Mas no lo es menos que no cuenta Europa con una gran medio de comunicación paneuropeo de referencia; y que la opinión y visión de las élites sobre Europa se ve en buena medida a través de los ojos del Financial Times, The Economist y otros medios globales de referencia anglosajones. Ni que, si apretamos de nuevo el zoom para contemplar en gran angular el especio público europeo exterior e interior, constituyen la excepción a la regla.
Contemplaremos más bien en gran angular un espacio como el de la caverna de Platón, en el que se reflejan las sombras, los focos, los haces de luz que difunden hacia y sobre Europa los diferentes espacios públicos nacionales. Y ese espacio público contemplado a la luz de ese foco, desde ese particular ángulo, es necesariamente parcial e incompleto; deja en la oscuridad parte esencial del espacio común, que así, de alguna manera, deja de serlo. Y sobre todo deja de ser uno; pues, aunque puedan darse intersecciones entre los diferentes espacios públicos que alcancen a verse o imaginarse desde el foco de cada Estado miembro, difícilmente resultarán coincidentes, alumbrarán un espacio común. Comparte el sujeto colectivo que avanza en la Historia, o la hace, un imaginario colectivo. Un imaginario colectivo que se realiza y representa en un espacio público común, que necesita de un espacio colectivo. Necesita la construcción europea de símbolos, de relato cosmogónico, de alma; y de espacio para realizarse, para ser. Y necesita que sea colectivo.
Necesita, por así decirlo, el espacio público europeo para serlo del todo, frente y junto a los focos que lo iluminan desde diferentes ángulos del suelo y del subsuelo, de una luz en el techo que lo ilumine todo, en su conjunto. O tal vez, simplemente, que lo miremos o aprendamos a mirarlo desde arriba, en gran angular; a Europa desde Europa. A sentir y vivir, en definitiva, ese espacio como propio, como nuestro, como el de un nosotros más amplio que convive con aquellos otros que vivimos como los naturales y propios de la comunidad política de nuestra identidad colectiva. Más amplio, pero igualmente nuestro, igualmente vital: identidad múltiple, ciudadanía múltiple, espacios múltiples. Y entre ellos un espacio común.
Necesita, en fin, llenarse. Pues es el espacio público europeo un espacio vacío, donde habita el vacío. Y es esa vacuidad lo que más definitivamente lo define. Fuera; y dentro, en el espacio público europeo que en cada uno de nosotros habita, es. Necesita, definitivamente, ser.
España en Europa; Europa en España. Nosotros en Europa; Europa en nosotros: en. En, que implica, significa, estar. Y el reto no es estar en Europa o que Europa esté en nosotros, hacer de ella algo en lo que estamos o que en nosotros está; sino ser, ser Europa. Y por ello y para ello Europa = nosotros. Asumir que somos Europa, que Europa somos nosotros; y es el suyo el espacio en que somos nosotros. En que somos.
En que somos, y en que celebramos. Celebramos que somos. Pues es, finalmente, también un espacio de celebración (que no celebramos). Un espacio en el que celebramos y un espacio para celebrar. En el que celebramos Europa. Que supone, que busca, que quiere – como señalábamos en la entrada de este blog De la celebración de Europa – que Europa sea algo a celebrar, y que sea una democracia en el espacio y un espacio democrático; y para ello la construye y lo construye.
¿Cómo y con qué llenar el vacío?. ¿Cómo y con qué llenar el espacio público europeo?. La construcción europea nos plantea, entre otras, estas preguntas.